espaciovalverde




Limbo

Alfredo Rodríguez


inauguración jueves 27 de octubre a las 20h








LIMBO

Carlos Fernández-Pello

Todos los que han pensado sobre el guión ortográfico, sobre el “hyphen”, coinciden en que éste nunca es neutral o natural. Una o divida, el guión siempre es agenciamiento del tiempo. Un vector que migra, aparece y desaparece. Como el azot, “el algo” de la alquimia, tiene que ser separado para ser reunido y vuelto a separar, en un bucle infinito.

La idea del limbo puede estar en el centro de una hoja vegetal, en el mundo que separa a los vivos de los muertos o en la papelera de reciclaje del ordenador. Se trata en fin de la espina dorsal de los fantasmas: de lo que vive a pesar del cuerpo o lo que existe a pesar del alma. Como los zombies, el limbo es el resquicio por el que las cosas esquivas, esto es, las cosas reales, se resisten a la definición. Pero también es la grieta por la que estas cosas innombrables se dejan ver: la delgada línea por la que seducen al intelecto y arrebatan al espíritu, con toda la baba del deseo.

Alfredo Rodríguez conoce este lugar probablemente mejor que nadie. Él es en verdad un ser tan coherente y tan liminar como la luz del láser. Tan legendario. Flotando en el vacío pero anclado en el fondo de todas las memorias. Para llegar a su limbo, para visitarle, uno tiene que caminar el puente que existe entre las llanuras desérticas de lo científico y las cumbres borrascosas de la nostalgia. Sólo entonces se revela, entre las nieblas impecables y cristalinas de sus vidrios, que éstos, como le sucede a la razón ilustrada, son en verdad producto del fango más nocturno, del remolino más espeso. El sueño de “un mago del norte”.

Ahí, en el límite del marco, radica el embrión de unos seres invisibles, nacidos de la sopa de emulsiones, cristal, extremidades y amputaciones, retazos y descartes. Lo que vemos en verdad es el fruto de un amor eterno; el sabor de un caldo exquisito que nos regresa a las diatribas existenciales del cyberpunk, como regresa el fantasma del mar al interior de su concha. Por esto es que pienso que Rodríguez es quizás el único mago contemporáneo que ha entendido de verdad el legado de la ciencia-ficción. Para toda una generación de artistas constituye ya sin duda un destello en la negrura o, mejor, el punto ciego entre tanto hype deslumbrante: una acogedora densidad en la que refugiarse. Alfredo es el guión que nos acerca al abismo. Pero también es la cuerda que nos impide caer en él.

Ahora bien, un guión nunca está quieto: por contra, siempre traza un arco ex-céntrico, transitivo, capaz de migrar entre el sentido y su suspensión. Así también Rodríguez se define como fotógrafo, en contra de quienes tratan de adjuntarlo a la pintura porque entienden equivocadamente que ésta está emparentada con la plasticidad del material, y no con el espacio y con el texto, que es el tiempo.

Personalmente, me inclino por describir a Alfredo como el último de una estirpe legendaria de hológrafos, y no ya por su técnica, sino porque –como el “hecho social total” del chamán Mauss– trata de dar cuenta del recuerdo en toda su complejidad ritual. Es en sus piezas más bastardas, aquellas que incorporan al papel fotográfico entre dos almas de vidrio, donde mejor percibo esa totalidad de lo que-está-en-medio; donde aparece el ectoplasma y donde la fotografía se vuelve erotismo sólido, como un moco blanco que sale de los pliegues y las arrugas del cuerpo. En estos casos, como decía Bhabha, es en los que “lo extranjero se convierte en un ‘elemento inestable de vinculación’, creando las condiciones por las que la novedad entra en el mundo”1 ; destruyendo las estructuras originales sin negarlas. Traduciendo como sólo se puede traducir, equivocadamente, y haciendo coincidir, en su paralaje, a aquello que no podría encontrar comunidad de otra manera.

Me permito bajo este influjo ensayar una breve digresión. La fotonovela en papel revista aparecía en Italia y en Francia antes de la Segunda Guerra Mundial, a inicios de la década de los 40, encontrando su eco en España algo más tarde. La temática de estos folletines era habitualmente la de la historia de amor, la aventura o el affair, con subtramas que ayudaban a reforzar, tanto en los países originales como en sus colonias, la lógica de la sociedad de consumo.

Su recurso más habitual y forzoso era la asincronía, en tanto el lenguaje, que se entiende es temporal y sucesivo, no podía casar fielmente con la imagen fotográfica, que representa un único instante en la acción de los personajes. Para Sempere la fotonovela no sólo resolvía este “conflicto semiológico” sino que “lo asumía” como parte de su naturaleza y de su identidad como género literario. Un sinsentido que le permitía acercarse a la composición de la pintura histórica, en la que vemos distintos tiempos en un mismo cuadro: “representaciones asíncronas” en las que “cada personaje congela su gesto o expresión corporal en el momento más significativo de su respectivo discurso, aún a costa de crear imágenes que resulten ilegibles por sí solas” 2. Quizás sí sea ahí, en la sucesión de viñetas sincronizadas, en la enésima descomposición del tiempo en puntos de vista, donde es posible trazar una trayectoria que reuna a la holografía con la pintura.

Y así volvemos a ser tiempo, a ser cuento. Y no lo digo metafóricamente ni poseído por la manía habitual de ensalzar al espectador: las imágenes de Rodríguez responden y se mueven de verdad: incluso se vuelven invisibles y se esconden en la pared cuando las miramos de canto. Aún cuando el espectador no sea más que materia inerte, el reflejo de la obra sobre él será distinto en función de su posición – no discursivamente sino físicamente hablando. Ese tiempo, ese texto, ya no es bidireccional ni espacial sino proyectivo: tridimensional en el plano holográfico, mutante pero estable y funcional: coherente por asíncrono: no fragmentado sino alineado: total por impuro. Puede resultar en cualquier sitio, conectar cualquier tiempo con cualquier acción con cualquier sentido, pero sólo de forma precisa y accidental, con un lazo de belleza infinita. Igual que sucede con las grandes historias de amor, de las que el arte contemporáneo se ha olvidado por completo.

La fotonovela, como la holografía, son dos medios que quedaron en el limbo de nuestro tiempo, en el margen del progreso, como testigos de la infinitud de todos esos mundos que están en este. El holograma, como el amor, no es sino un bello accidente; un efecto residual surgido de las obras de mejora del microscopio electrónico inciadas por Dennis Gabor a finales de los 40, cuya promesa tecnológica ha quedado relegada a elemento decorativo en billetes y tarjetas de crédito.

Intercambien sus hologramas con los de Alfredo. No esperen.
Siempre es demasiado tarde para convivir con la magia.


BHABHA, Homi K. (1994) The Location of Culture, New York, London: Routledge Classics.

SEMPERE, P. (1976) Semiología del infortunio. Lenguaje e ideología de la fotonovela, Madrid: Ediciones Felmar

 

BHABHA, Homi K. (1994) The Location of Culture, New York, London: Routledge Classics.

SEMPERE, P. (1976) Semiología del infortunio. Lenguaje e ideología de la fotonovela, Madrid: Ediciones Felmar