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Alfredo Rodríguez                Body Building












                




Body Building / Tiago de Abreu Pinto

"Es un dispositivo singular", dijo el científico por un amplificador electrónico, incrustado en su cuello, al visitante, quien había sido encargado de auscultar la naturaleza del ingenio. El científico le había pedido que asistiera a la formación de algo nunca antes visto y generaba gran interés entre aquellos sumisos ayudantes que se encontraban presentes en el laboratorio.

El visitante encendió un puro y, mientras se envolvía en una nube de humo, pasaba la mano en el mentón mirando apresuradamente a las expresiones sombrías de aquellos engendros que por momentos se escondían por detrás del humo que se elevaba en la pequeña habitación. Los ayudantes no se movían y al científico no parecía importarle. Parecía una labor realizada exclusivamente por él, ya fuera por la complejidad del manejo del dispositivo, ya fuera por una razón oculta que estaba a punto de revelarse a través de la atmósfera ahora cargada de humo. Lo que estaba claro era que el científico no confiaba ese trabajo a nadie más.

Mientras finalizaba los procedimientos ora entrando y saliendo con distintos cables en una pequeña habitación de madera, ora mirando fervorosamente alrededor por si le faltaba algo para poner a su ingenio en marcha, paladeaba con palabras proferidas aceleradamente. "Lo que estoy creando es una ficción por primera vez. Algo que en realidad no existe".

Su sonrisa de entusiasmo no había menguado, aunque respirara anhelosamente. "La llamo Body Building". Avanzaba, llevando un dispositivo acoplado a una cámara con el que apuntaba a los jarrones que les circundaban. "Con los jarrones se entiende muy bien esta idea, ya que es un cuerpo en tres dimensiones y hueco. ¿Conoces la visión de los japoneses acerca del jarrón?" El visitante meneó negativamente la cabeza. "Un jarrón, para ellos, no solo es la cerámica que lo construye, pero también el hueco que lo constituye. Es lo que le da sentido. Cuando el jarrón se rompe, se rompe el hueco también. Un contenedor y un contenido. Un vacío que da un sentido a todo". Se le acercó uno de estos jarrones y el visitante vio, en medio de este vacío, como se mezclaba su mirada con la del objeto analizado. Súbitamente le asaltó el pánico y su voz cobró un peculiar matiz. "Hay algo en la piel de este jarrón". Complacido arrastró al visitante a su lado, recorriendo a grandes zancadas la distancia que les separaba de la cámara oscura.

El visitante hacía ademanes de asentimiento a las palabras entusiastas del científico y acercaba la mano del puro a un cenicero, lleno de colillas descoloridas, en medio de otras tantas cenizas. Se sentó́ frente a la sala oscura y descansó el puro en el cenicero inclinándose con la excusa de buscar en su bolso un cuaderno y un bolígrafo. Aprovechó en este momento, mientras el científico le miraba por encima de los hombros en la búsqueda de notas, para encender su grabadora portátil sintonizándola en la frecuencia apropiada para el envío inmediato de la información, que el científico le estaba proporcionando, a las bases cercanas de control del gobierno.

Del altavoz de una base cercana salió la apagada y entusiasta voz de aquel anfitrión. "Deconstrucción. Volverlo a construir sobre otro objeto, que es el mismo sentido de la fotografía. Tú sabes que soy amante de la fotografía en todas sus vertientes desde que nace, ¿verdad? ¿No? Pues, si. Siempre lo he sido, aunque me dedique a la ciencia. Veo en ella una metáfora cercana a lo que hago. La fotografía clásica es en realidad una tergiversación de las cosas. En el momento que se fotografía algo y se revela, lo que se perpetúa es la privación del espectador del origen de esta imagen. Es decir, su contexto. Lo estás sometiendo a una reconstrucción en realidad".

En la base militar cercana, uno de los oficiales de turno se puso auriculares. Se los apretó contra los oídos para escuchar mejor la señal que se perdía a ratos. Aumentó el volumen en el panel de control amplificando la voz del científico a través de los auriculares. "Con un acto muy simple, que es trabajar encima, una simple modificación, elimino la posibilidad de utilizar este jarrón, ¿entiendes? Porque simplemente destruyo esta posibilidad. Le impongo otras reglas", dijo el científico estrechando su distancia al visitante, que sintió el peso del brazo en su espalda. "¡Veamos cómo funciona eso!"

Pasando al interior de la habitación oscura el científico murmuraba mientras se ajustaba el Body Builder. Frunciendo el ceño con evidente preocupación, dijo entre dientes: "Lo que está sucediendo en la habitación oscura es algo manipulado. Estoy...". Miró al visitante por un momento, los ojos bien abiertos, la sangre le había subido a la cara, e incapaz de reprimir su alegría, se inclinó hacia él diciendo, "estoy creando cuerpos mutados".

El silencio que imperó por algunos segundos hizo al visitante pensar que todo había terminado, pero se había equivocado. No pudo contenerse y le preguntó quiénes eran aquellos que les rodeaban. "Son seres que se han mutado en la cámara oscura. Nacieron de la proyección a que estuve sometiendo a su propia imagen, como permutaciones matemáticas. Durante el proceso lo que ocurre es una tergiversación de un cuerpo. El Body Builder es la creadora de cuerpos". Palabras cuyo exceso dejó incrédulo al visitante.

"Bueno, no se ponga así", exclamaba el científico. "Te voy a enseñar todo el proceso. Lo he construido solo, sin ayuda de nadie. Eso que ves ahí es el espacio en que someto al cuerpo ajeno al proceso, ¿de acuerdo? Piensa que todos estos aparatos que uso son digitales, de otros tiempos. Y, además, está el mini proyector que tengo aquí. ¿Ves? Este es otro proyector, adicional, con el que hago las fotografías a los cuerpos anómalos. Creo que estás lleno de curiosidad por saber cómo lo hago. Ya te enseñaré". Cerró la puerta de la habitación y la oscuridad cubrió todo.

"Perdón, no desesperes. Ahora es cuando hago la exposición", todo se inflamó. Techo y paredes fueron lamidas por las llamas blancas y la cueva se abrasó a fuego vivo. De pronto el visitante observó una forma. Muslos ligeramente cerrados hacia afuera. Se acercó a lo que parecía una imagen y veía un cambio sutil entre las ingles. Hilos de rosado violáceo y rubiáceo resbalaban por sus extremidades. Inmóvil, la anomalía parecía confundirse con otras partes del cuerpo: vientres unidos a las mollas de los brazos cubiertos de manchas púrpuras en los hombros que no se aclaraban a la primera vista. No había palabras que pudieran describir todo aquello. Un cuerpo sin aliento, formado únicamente de masas de carne como engranajes. Muslos sinuosos imperaban entre nalgas redondeadas sobrepuestas a una espina dorsal que aguantaba un tronco amorfo.

El visitante miraba asustado a todas sus partes: al pecho sobre los costados a lo largo del espinazo y el dibujo de las clavículas sobre una cadera cóncava. Las vértebras del cuello y el omóplato estaban desunidas. La firme criatura tenía múltiples partes que escapaban de su análisis para que de repente saltasen a su atención. Los músculos de la piernas negras sobrepuestos a las rodillas, los dedos del pie, el talón, las rótulas parecían abrirse como las comisuras de los labios. Ennegrecidas pecas se multiplicaban sobre el arqueado puente de su tronco. Músculos de las sombras, recintos de la trama de los proyectores. Cuando se alejó, todo creó como que una unidad sincopada y monstruosa.

El visitante hizo un apunte en el cuaderno, sacó la página y la deslizó con calma a través de la mesa hacía el científico. Con una voz llena de suspiros leyó para sí el contenido del mensaje. Se quedó impávido rezumando satisfacción por todos los poros, aunque tuviera poco tiempo hasta la llegada de los oficiales del gobierno.

El visitante, una vez más con el puro entre los dedos, tragaba silenciosamente. Tenía un gusto a humo en la boca. Era la única manera de apropiarse de la belleza de aquellos seres antes que el laboratorio fuera invadido por oficiales. A cada aspiración, el humo se destruía continuamente, pasando por las celdillas de sus pulmones. En una ósmosis mutua, los humos, de parte del laboratorio en llamas y de su puro, encorvaban las espaldas en una nube de colores grisáceos que flotaba ante sus ojos, recordándole la fascinante transformación en humo de los sólidos consumidos. En el interín, el visitante bajó los ojos para admirar por un momento un fragmento de uno de los cuerpos que había guardado en su bolso. Mantuvo obstinadamente los ojos fijos en aquel engendro que intentaba desprender las palabras que habitaban aquella trama.